Flamengo-Lanús: por qué el golpe granate no fue casualidad
La noche en que el favorito quedó incómodo
Río de Janeiro te empuja, te aprieta, te marea. Igual, Lanús consiguió algo bravo: que Flamengo pasara varios pasajes con gesto de inseguridad. Y eso, aunque suene emocional, yo lo leo táctico, porque cuando el bloque argentino cerró por dentro y le apagó los carriles interiores, el local quedó amarrado a centros cantados y remates de media distancia. Para mí está clarísimo: el mercado todavía paga de más el escudo de Flamengo y no termina de calibrar el piso real, de peso, que hoy muestra Lanús en cruces de ida y vuelta.
No hablo de épica. Hablo de chamba táctica. Lanús no fue a Brasil a meterse 90 minutos en su área; alternó presión media, achicó hacia adelante y, cuando tocaba bajar revoluciones, frenó el ritmo con posesiones cortas y útiles, que no adornan pero ordenan todo. Esa receta recuerda, con diferencias obvias, a Cienciano en la Sudamericana 2003, cuando no se dejó jalar por la ansiedad del gigante y transformó cada pausa en mensaje de partido. No es igual. Pero va por ahí.
Lo que se vio en cancha y lo que suele ignorar la cuota
Este viernes 27 de febrero de 2026, gran parte de la conversación se fue directo al resultado final del trofeo. Yo no. Yo prefiero mirar la secuencia: Lanús ganó segundas pelotas, no quebró su mediocampo y sostuvo foco en tramos de alargue, donde estas series se definen más por desgaste que por talento puro. Eso pesa. Pesa mucho. En finales sudamericanas, manejar el cansancio cae como mochila mojada: te quita salto, lectura y hasta coraje.
Ahí aparece una grieta para apostar distinto, al toque. Si una casa te suelta 1.60 o 1.70 por el favorito en un cruce internacional parecido, esa cuota está diciendo 62.5% o 58.8% de probabilidad implícita de ganar en 90 minutos, y yo, la verdad, no compro ese número cuando enfrente hay plan más disciplina sin pelota. Prefiero pagar más por el underdog, o cubrir con doble oportunidad visitante/empate cuando el relato masivo se va, otra vez, detrás de la camiseta pesada. Así.
En Perú este patrón ya lo vimos en noches grandes. Universitario en la Libertadores 2010, por ejemplo, compitió en canchas bravas porque acortó espacios entre líneas y cuidó mejor su zona de rebote defensivo. Cuando un sudamericano ordena ese cuadrado central, le baja el volumen al favorito, incluso si tiene menos nombres de portada. Lanús, en esta serie, caminó por esa ruta. Tal cual.
El argumento incómodo: apostar contra el consenso también es método
Muchos apostadores se sienten más tranquilos yendo con el grande porque “siempre genera”. Ese verbo, mmm, engaña. Generar no es convertir, y menos si el rival te fuerza a definir incómodo, mal perfilado, sin tiempo real para pensar. Lanús no necesitó tener la pelota para dañar; necesitó detectar dónde Flamengo dejaba la espalda cada vez que adelantaba laterales. Cada transición fue una navaja corta: sin brillo, sí, pero filuda y precisa. No da para subestimarlo.
Voy con una idea discutible: prefiero perder una apuesta bancando un underdog bien trabajado que cobrar una cuota corta sostenida solo por fama. Porque en torneos continentales el precio del favorito suele inflarse por volumen de público, no por lectura fina del partido, y cuando pasa eso —pasa seguido— la jugada con valor suele estar en el lado menos popular. Sí, hay riesgo. También hay valor. Raro, pero cierto.
La vereda contraria existe, pero no me mueve de idea
Claro que hay razones para seguir con Flamengo: plantel más largo, recambio ofensivo y una localía que históricamente empuja fuerte. Nadie lo discute. El punto va por otro carril: esas ventajas ya vienen metidas en la cuota y, a veces, sobrecargadas, entonces cuando el precio te exige casi perfección del favorito, el margen para rascar valor real se achica bastante, y te puede dejar piña.
Desde mi esquina, sigue viva la apuesta contra el consenso en escenarios parecidos: Lanús +0.5, empate al descanso, o incluso victoria granate en cuotas largas cuando el guion táctico vuelva a pedir paciencia y transiciones limpias. En el Rímac, mirando partidos así con un lomo saltado al costado, más de un hincha te dirá que suena temerario, y puede ser, pero yo creo que ahí se separa al que juega por pura intuición del que juega con lectura.
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